Tres reinvenciones, una urna: por qué las elecciones de 2026 no son “unas más”

Oscar Luis Chaves B

El domingo 1 de febrero, Costa Rica volverá a las urnas para elegir presidencia, dos vicepresidencias y 57 diputaciones, según lo dispone la Constitución de 1949.

En el ruido de la coyuntura es fácil reducir esta elección a un referéndum sobre el malestar del momento: el costo de la vida, la inseguridad, el desencanto con la política. Pero si miramos nuestra historia con un lente más amplio, estas elecciones no son solo sobre quién administra los próximos cuatro años, sino sobre quién abre –o cierra– la puerta a la tercera gran reinvención del país en 150 años.

1. Cuando Costa Rica decidió ser algo más que una finca de café (1870–1890)

La primera gran reinvención ocurrió en el último tercio del siglo XIX. Mientras Estados Unidos salía de la Guerra Civil y se lanzaba a la industrialización, Costa Rica tomó una decisión estratégica: conectarse al mundo y modernizar su Estado.

En pocas décadas:

  • Se construyó el ferrocarril al Atlántico y se abrió el país al capital extranjero, con figuras como Minor C. Keith que luego darían origen a los grandes enclaves bananeros vinculados a la United Fruit Company.
  • Se consolidó el Estado liberal, centralizado, con nuevas instituciones y una reforma educativa que apostó por la escuela pública y la secularización.

No fue un ajuste menor. Aquella generación decidió que Costa Rica no sería sólo una economía de subsistencia, sino una república exportadora integrada a la economía global de su época. Ese proyecto marcó el rumbo de casi 70 años.

2. Cuando el país reinventó su contrato social (1940–1949)

La segunda gran reinvención llegó en plena turbulencia mundial. Mientras el orden de posguerra levantaba el sistema de Bretton Woods y el Estado de bienestar se extendía por las democracias avanzadas, Costa Rica hizo algo inusual para un país pequeño y periférico: transformó su crisis interna en un nuevo pacto social.

En menos de una década:

Se crearon la Caja Costarricense de Seguro Social, el Código de Trabajo y la Universidad de Costa Rica, instalando los pilares de un Estado social.

  • La guerra civil de 1948 puso en evidencia las tensiones de una sociedad en transición.
  • La Constitución de 1949 abolió el ejército, reforzó el sistema electoral y consolidó derechos y libertades que siguen vigentes hoy.

De nuevo, no se trató solo de “gestionar la crisis”. Aquella generación apostó por un modelo audaz: un país sin ejército, con instituciones fuertes y un proyecto de movilidad social basado en salud y educación. Esa decisión estructuró el Costa Rica del siglo XX.

3. 2018–2050: la tercera reinvención ya empezó

Hoy nos gusta pensar que vivimos en un país estable, “más de lo mismo”. Pero si observamos las decisiones estratégicas recientes, veremos que la tercera gran reinvención ya está en marcha:

  • En 2018 se lanzó el Plan Nacional de Descarbonización 2018–2050, que no solo fija metas ambientales, sino que vincula explícitamente la descarbonización con empleo, innovación y competitividad.
  • En 2021 se aprobó la Ley 10086, que reconoce y regula los recursos energéticos distribuidos (DER) –como la generación distribuida, almacenamiento y movilidad eléctrica–, y cuyo reglamento busca integrar estos recursos a la red como parte del interés público.

Al mismo tiempo, el mundo entra en una fase de tipping points globales:

  • La inteligencia artificial redefine el trabajo, la productividad y la organización empresarial.

  • La energía deja de ser solo un insumo caro y escaso, y empieza a comportarse como una tecnología escalable, con costos decrecientes.

  • El sistema financiero internacional vive tensiones crecientes: deuda, volatilidad de capitales, presión sobre monedas y bancos centrales.

En ese contexto, Costa Rica tiene en sus manos algo que pocos países poseen:

  • una matriz eléctrica ya altamente renovable,
  • instituciones democráticas aún respetadas,
  • y una narrativa internacional creíble en temas verdes.

La pregunta es si vamos a actualizar ese capital institucional o a consumirlo lentamente.

4. De un periodo de 4 años a un horizonte de 25

El problema de nuestra conversación electoral es que está atrapada en el corto plazo. Hablamos de quién “resuelve” el próximo presupuesto, la próxima huelga, la próxima crisis de seguridad. Eso importa, pero es insuficiente.

Tanto en 1870–1890 como en 1940–1949, las decisiones clave no se tomaron con horizonte de cuatro años, sino de generación. Hoy deberíamos hacer lo mismo: entender que el periodo 2026–2030 será, nos guste o no, el primer tramo de un camino que llega hasta 2050.

Por eso, la pregunta de fondo no es:

“¿Quién me gusta más para los próximos cuatro años?”

sino:

“¿Qué visión de país quiero que marque los próximos 25 años, y quién tiene la capacidad de abrir esa trayectoria?”

5. Tres bloques de preguntas para el electorado

No se trata de decirle a nadie por quién votar, sino de proponer criterios más exigentes para evaluar propuestas y candidaturas.

5.1. Energía y productividad

Costa Rica ya decidió descarbonizar. La cuestión ahora es cómo:

  • ¿La energía seguirá viéndose solo como un servicio público que hay que administrar, o como una plataforma tecnológica para atraer inversión, innovación y empleos de alto valor?
  • ¿Las propuestas hablan de conectar la Ley 10086 y los DER con cadenas de valor reales –industria, turismo, agro, servicios globales–, o solo de ajustes tarifarios y retórica verde?
  • ¿Existe una visión clara de cómo modernizar la red, incorporar almacenamiento, movilidad eléctrica y digitalización, sin perder estabilidad fiscal ni asequibilidad?

Un país que usa su energía solo para “mantenerse encendido” está desperdiciando su mayor ventaja comparativa.

5.2. Talento y era de la inteligencia artificial

La AI no es un tema futurista, es un hecho:

  • ¿Cómo van a reconvertirse los sistemas educativo y de formación técnica para una economía donde la productividad se apalanca en datos, algoritmos y colaboración hombre-máquina?
  • ¿Las propuestas hablan concretamente de ecosistemas de innovación, reconversión laboral y atracción de talento, o se reducen a lemas genéricos sobre “apoyar la educación”?

La historia nos muestra que los países que se retrasan en estas olas no solo se empobrecen, sino que se vuelven dependientes de quienes sí se actualizaron.

5.3. Finanzas públicas, inversión y confianza

El mundo financiero está desplazando capital hacia infraestructura verde y digital. Costa Rica, con su reputación y estabilidad relativa, podría ser un micro-laboratorio privilegiado:

  • ¿Qué se plantea para modernizar la regulación financiera y los vehículos de inversión que canalicen ahorro local e internacional hacia proyectos productivos –energía, movilidad, agua, vivienda digna, adaptación climática–?
  • ¿Cómo se va a reconstruir la confianza en las instituciones, para que el país vuelva a ser visto como un destino confiable y transparente para el capital paciente?

La democracia no se sostiene solo con buenas intenciones; necesita un motor económico capaz de generar oportunidades y reducir la brecha entre expectativas y realidad.

6. Democracia: no un museo, sino una herramienta

En 1949 abolimos el ejército. Fue un acto de audacia institucional. Hoy no se trata de repetir ese gesto, sino de entender su espíritu: usar la creatividad institucional para adaptarnos a un mundo nuevo.

Frente a la fragmentación política y el desencanto ciudadano, vale preguntarse:

  • ¿Quién propone modernizar los mecanismos de transparencia, participación y rendición de cuentas con las herramientas digitales disponibles?
  • ¿Quién entiende que la democracia del siglo XXI no puede vivir solo de la nostalgia del siglo XX?

Si tratamos la democracia como un museo, se vacía. Si la tratamos como una plataforma en constante actualización, vuelve a ser relevante para las nuevas generaciones.

7. Un cierre para el votante exigente

Costa Rica ya ha probado, dos veces, que puede convertir la crisis del mundo en una oportunidad de reinvención interna:

  • Del cafetal a la república exportadora.
  • De la república oligárquica a la democracia social sin ejército.

Ahora estamos en la antesala de la tercera gran decisión:

qué lugar queremos ocupar en un mundo definido por la energía limpia, la inteligencia artificial y nuevas formas de organizar el capital y el trabajo.

El 1 de febrero de 2026 no elegimos solo un gobierno. Elegimos si queremos seguir administrando la inercia del siglo pasado o atrevernos a diseñar, con responsabilidad, el país que nuestros hijos y nietos vivirán en 2050.

La historia ya nos puso en la ruta de la tercera reinvención.

Lo que está en juego en estas elecciones es si la asumimos conscientemente… o la dejamos pasar.

 

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