Costa Rica después del 8 de mayo: más allá de la reputación verde, hacia el poder económico

Oscar Luis Chaves

Costa Rica entra la próxima semana en un nuevo ciclo de gobierno con una posición que muchos países quisieran tener.

Tiene una de las matrices eléctricas más limpias del mundo.
Es reconocida globalmente como líder en sostenibilidad.
Goza de credibilidad institucional y estabilidad macroeconómica.

Y aun así, esa fortaleza no se ha traducido plenamente en poder económico.

Esa es la contradicción que recibe la próxima administración.


Costa Rica es admirada por ser verde.

Pero reputación no es lo mismo que capacidad.

La verdadera pregunta es si el país está convirtiendo esa ventaja en:

  • capacidad productiva
  • capacidades tecnológicas
  • exportaciones competitivas
  • resiliencia de largo plazo

Hasta ahora, la respuesta es parcial.


El 8 de mayo de 2026 no es solo una transición política.

Es un punto de decisión.

La próxima administración tendrá una ventana corta para definir si Costa Rica seguirá administrando estabilidad de corto plazo — o si empezará a construir un nuevo modelo económico.

Porque debajo de esa estabilidad existe un desbalance estructural.


El modelo actual favorece el consumo por encima de la producción.

Importaciones baratas, crédito accesible y retornos financieros atractivos pueden crear una percepción de prosperidad. Pero también reducen los incentivos para invertir en infraestructura, independencia energética, transporte público y sectores productivos.

El país corre el riesgo de confundir poder de compra con riqueza.


Esto se ve con especial claridad en energía.

Costa Rica produce electricidad limpia, pero consume combustibles fósiles.
El transporte sigue dependiendo fuertemente del petróleo importado. Esto expone a la economía a choques externos, inflación importada y presión sobre la cuenta corriente.

También limita la productividad.

Porque el transporte no es solo un sector.
Es el sistema que conecta la energía con la economía real.


Ahí debe comenzar la transición.

No con vehículos eléctricos privados como prioridad.

Sino con una misión nacional clara: transformar la movilidad pública, la logística, las flotillas y los sistemas de transporte urbano.

Autobuses eléctricos, taxis, vehículos de reparto y corredores logísticos no son proyectos ambientales.

Son infraestructura económica.


La restricción no es tecnológica.

Costa Rica ya tiene la base energética.

La restricción es financiera.

El capital sigue fluyendo hacia retornos de corto plazo en lugar de activos productivos de largo plazo. La infraestructura, la modernización de la red, la electrificación de flotillas y la capacidad industrial siguen subfinanciadas.

La electrificación no es un problema tecnológico.
Es un problema de asignación de capital.


Si eso no cambia, la transición se frena.

Porque un cambio tecnológico sin alineamiento financiero se convierte en dependencia.


Lo mismo ocurre con la infraestructura.

Una matriz eléctrica limpia no es suficiente.

Debe evolucionar hacia una plataforma de crecimiento:

  • redes inteligentes
  • sistemas de almacenamiento
  • redes de carga
  • gestión de demanda
  • energía confiable y de alta calidad para la industria

Sin esa capa, la ventaja permanece pasiva.


Y sin capacidades humanas, se vuelve frágil.

Una revolución tecnológica sin personas preparadas no crea valor.

Crea dependencia de proveedores externos.

Costa Rica debe conectar la educación, la formación técnica y el desarrollo de talento directamente con esta transición:

  • sistemas energéticos
  • tecnologías de movilidad
  • software y datos
  • mantenimiento y diagnóstico
  • finanzas climáticas y trazabilidad

El capital humano no es un complemento de la transición.
Es su núcleo.


La misma lógica aplica a la industria.

Costa Rica no debería limitarse a importar vehículos eléctricos, baterías e infraestructura.

Debería construir capacidades alrededor de ellos:

  • mantenimiento y diagnóstico
  • servicios energéticos
  • plataformas de movilidad
  • reciclaje y sistemas circulares
  • optimización logística
  • cadenas de suministro bajas en carbono

Así se construye competitividad.

No siendo más baratos.

Sino siendo más limpios, confiables, preparados y tecnológicamente capaces.


El contexto global vuelve esto urgente.

El mundo se está reorganizando alrededor de la electrificación, la inteligencia artificial, la automatización, los estándares climáticos y la trazabilidad.

El capital, el talento y la industria ya se están moviendo.

Costa Rica no compite en aislamiento.

Retrasarse no es neutral.
Es perder posición.


Por eso el rol del Estado debe evolucionar.

No como regulador pasivo.

Sino como coordinador de dirección.

Un enfoque orientado por misiones significa:

  • definir prioridades claras
  • alinear instituciones
  • reducir riesgos de inversión
  • movilizar capital
  • medir resultados

Los mercados por sí solos no van a coordinar esta transformación.

Deben ser orientados.


Esto no es teoría nueva.

Refleja lo que las grandes transiciones siempre han requerido.

Como plantea Mariana Mazzucato, el Estado debe moldear mercados, no solo corregir fallas.

Y como muestra Carlota Pérez, una verdadera “edad dorada” surge únicamente cuando tecnología, finanzas, infraestructura e instituciones se alinean alrededor de una dirección compartida.

Costa Rica ya tiene la tecnología.

Lo que le falta es alineamiento.


La pregunta central ahora es inevitable:

¿Seguirá Costa Rica siendo un país admirado por su imagen verde,
o se convertirá en un país capaz de transformar esa ventaja en poder económico?


Después del 8 de mayo, el desafío es claro.

Costa Rica debe ir más allá de su reputación ambiental y construir las bases de una riqueza real:

  • independencia energética
  • finanzas productivas
  • infraestructura moderna
  • trabajo calificado
  • competitividad baja en carbono

Porque una revolución tecnológica en Costa Rica no significa sumar nuevas tecnologías a la economía existente.

Significa cambiar el sistema operativo del país.


Y esa ventana no permanecerá abierta indefinidamente.

Costa Rica no necesita volverse verde.

Ya lo es.

Lo que necesita es volverse poderosa con esa ventaja.

Entrada anterior
Costa Rica, el supercolón y el nuevo paradigma energético